Por Lidia Fernández, Academia Lidia (Salamanca).
En las últimas dos décadas, el mercado global de la educación personalizada ha experimentado un crecimiento sin precedentes. Desde pequeñas sesiones informales con tutores hasta plataformas digitales multimillonarias, las clases particulares se han consolidado como una herramienta clave para millones de estudiantes, especialmente durante la adolescencia. Pero este auge plantea una pregunta crítica: ¿Estamos ante una moda educativa alimentada por la presión social y la competencia académica, o se trata de una necesidad estructural que revela las limitaciones del sistema educativo tradicional?
La economía de la tutoría: crecimiento sostenido y diversificación
Datos de HolonIQ, una firma especializada en inteligencia de mercado en educación, estiman que el mercado global de tutoría alcanzará los USD 200 mil millones en 2025, impulsado por el aumento de plataformas digitales y la demanda creciente en países como China, India, Estados Unidos y también en América Latina. Este crecimiento ha sido acelerado, en parte, por la pandemia del COVID-19, que expuso desigualdades en el acceso a la educación y amplificó la necesidad de apoyo individualizado.
En contextos urbanos y de clase media en países como México, Argentina, España o Colombia, las clases particulares ya no son un lujo, sino una extensión de la jornada escolar. Según una encuesta reciente del Banco Interamericano de Desarrollo, más del 60% de los adolescentes en zonas urbanas de América Latina ha recibido apoyo educativo externo en el último año.
Factores que explican el auge de las academias particulares
1. Brechas en el sistema educativo
Uno de los motores clave detrás del crecimiento de las clases particulares es el desajuste entre lo que ofrece el sistema educativo y lo que necesitan los estudiantes. Aulas masificadas, currículos rígidos y la falta de atención personalizada generan un vacío que la tutoría busca llenar. En la adolescencia, este vacío se vuelve más crítico: se incrementa la exigencia académica y, con ella, la ansiedad de estudiantes y familias por no quedarse atrás.
2. Presión competitiva y meritocracia percibida
La lógica del mérito académico sigue siendo uno de los pilares que estructura el acceso a oportunidades educativas y laborales. Exámenes de ingreso, becas, y carreras universitarias selectivas crean un ambiente competitivo que lleva a muchas familias a buscar ventajas comparativas para sus hijos. En este contexto, la tutoría se convierte en un instrumento para sostener o escalar posiciones en la “carrera educativa”.
3. Tecnología y accesibilidad
Las plataformas digitales han democratizado, al menos parcialmente, el acceso a clases particulares. Empresas como Khan Academy, GoStudent, Preply o Platzi han introducido modelos híbridos que combinan tutores humanos con algoritmos de personalización. Esto ha permitido que más adolescentes, incluso fuera de grandes ciudades, accedan a refuerzos en materias clave.
Sin embargo, esta digitalización también ha generado un nuevo tipo de brecha: la brecha del aprendizaje personalizado, donde quienes tienen recursos no solo acceden a más contenido, sino a un entorno adaptado a su ritmo y estilo de aprendizaje.
¿Las academias son una moda o una necesidad estructural?
Clasificar el auge de las clases particulares como una “moda educativa” sería reducir un fenómeno complejo a una decisión de consumo. Si bien existen casos en los que la tutoría responde a presiones sociales o imitación de pares (por ejemplo, contratar un tutor porque “todos lo hacen”), la tendencia revela una falla sistémica más profunda: los sistemas escolares no están diseñados para atender la diversidad real de trayectorias adolescentes.
En otras palabras, la tutoría no es un accesorio, sino una respuesta a la rigidez del sistema formal. En lugar de sustituir a la escuela, las clases particulares han terminado funcionando como un sistema paralelo de compensación: personalizan lo que el aula estandariza; acompañan emocionalmente donde el docente no alcanza; explican lo que quedó sin tiempo o contexto.
Riesgos e implicaciones
1. Desigualdad creciente
Si las clases particulares se convierten en la condición para alcanzar el éxito académico, se corre el riesgo de profundizar la desigualdad. No todos los estudiantes pueden costear apoyo externo, y muchos dependen de iniciativas públicas o familiares. El acceso a educación personalizada está creando nuevas formas de segmentación dentro del mismo sistema educativo.
2. Carga emocional y burnout adolescente
La lógica de complementar la jornada escolar con clases adicionales también está contribuyendo a una hiper-escolarización de la adolescencia, donde el tiempo libre, la creatividad y el descanso quedan subordinados a la maximización del rendimiento. Estudios del Journal of Adolescent Health advierten sobre el aumento del estrés y el agotamiento en jóvenes que enfrentan jornadas educativas extendidas sin una motivación intrínseca clara.
3. Desprofesionalización docente
El crecimiento del mercado de tutorías también ha creado tensiones con el rol docente. En algunos contextos, los tutores particulares ganan prestigio o influencia que la escuela no consigue ofrecer. Esto plantea preguntas sobre la formación docente, la capacidad de adaptación pedagógica del sistema y el rol del Estado como garante del derecho a una educación equitativa.
¿Hacia un modelo híbrido?
La clave no está en eliminar las clases particulares, sino en integrar sus fortalezas al sistema formal. Algunos modelos escolares en Finlandia, Canadá y Singapur están incorporando prácticas de tutoría dentro del horario escolar, con ratios más bajos y seguimiento personalizado. Otras iniciativas apuntan a financiar clases de refuerzo a través de políticas públicas, como ocurre en algunas regiones de Francia con el programa “Devoirs Faits”.
Además, las EdTech podrían funcionar como aliadas si se orientan a reducir brechas, no solo a escalar beneficios comerciales. El desafío será equilibrar innovación y equidad.
Las clases particulares no son una moda pasajera ni un capricho educativo: son una respuesta pragmática a un sistema que no logra adaptarse del todo a la complejidad de la adolescencia. Su auge revela tanto el deseo de aprender como el temor a quedarse atrás.
Para que la tutoría no profundice las brechas existentes, será clave reimaginar la relación entre educación formal e informal, entre lo público y lo privado, y entre la enseñanza estandarizada y el aprendizaje personalizado. En esa tensión se jugará buena parte del futuro educativo del siglo XXI.